Es un hecho que a todos se nos olvida algo de vez en cuando, aunque a nosotros los olvidadizos nos resulta peor. Nunca me he puesto a contar las veces que he olvidado algo en un solo día. Si de algo estoy segura es que más de cinco veces sí son. Es muy difícil, pues a veces por más atención que ponga, termino olvidando alguna cosa, asunto, cita, tarea. Si te pasa como a mí, seguro comprenderás a la perfección lo que digo.
¿Y las llaves?

Desde hace mucho tiempo, mis padres me entregaron un juego de llaves para entrar a casa. Estaba emocionada porque ya tenía mis propias llaves. Parecía ir de maravilla hasta que perdí las llaves por primera vez. Bueno, en realidad no estaban perdidas, pero tardé mucho en encontrarlas. Después, opté por colocar un llavero bastante llamativo, así me aseguraba de no perderlas. ¡Error! Mis llaves seguían perdiéndose en todas partes. Lo más curioso es que en algunas ocasiones tenía las llaves en la mano y no las encontraba.
¡Olvidé mi contraseña!

Creo que una de las peores cosas que nos pasa a los olvidadizos es no recordar las contraseñas. Me pasa todo el tiempo en el trabajo. A veces las anotó, pero lo peor es que luego tampoco recuerdo en dónde dejé el papel donde las había anotado. Es un cuento de nunca acabar, y cuando no son las contraseñas son los usuarios.
Leer mensajes y olvidar responder

Mis amigos ya saben que puedo tardar hasta una semana (o más) en responder un mensaje. Al principio se enojaban conmigo de que los dejaba en visto. La realidad es que no lo hacía a propósito. Más bien, leía los mensajes, pensaba la respuesta que iban a tener, pero me ponía a hacer otras cosas y olvidaba responder. Como había pensado en la respuesta, daba por hecho que ya los había contestado. Luego, cuando comenzaba a borrar conversaciones, justo me daba cuenta de que no había respondido. Ahora mis amigos saben por qué pasa y ya no se enojan conmigo.
¿Qué día es hoy?

Todos los que me conocen, saben que yo no soy una fuente de fiar. Soy la última persona a la que le preguntan qué día es, en qué mes estamos o qué hora es. Para eso, prefieren recurrir a otros, pues yo a duras penas recuerdo cómo me llamo.
¿Qué te iba a decir?

Entre el “¿qué te iba a decir?” y “¿a qué vine?” me la vivo. Hablando con mis amigos o familia, de repente se me va el hilo de la conversación y ya no recuerdo qué más tenía que decir. Lo mismo me ocurre cuando voy al super, a la tienda o alguna parte de mi casa. Tenía la idea de lo que quería, pero ya estando ahí no recuerdo cuál era la misión que tenía que completar.
¡Y esto es todos los días!